“…el arte de marca funciona del mismo modo. Los amigos no podrán creerle cuando les diga: ‘He pagado 5,6 millones de dólares por esa estatua de cerámica’. Pero nadie muestra desdén cuando se le dice: ‘Lo compré en Sotheby’s’, ‘Lo encontré en Gagosian’ o ‘Éste es mi nuevo Jeff Koons”.
Hay más palabras que suenan a música en los oídos de los clientes de las galerías o casas de subastas, como “está en la colección de Saatchi” o “Saatchi lo quiere”. Si una obra de arte es del agrado de uno de los coleccionistas más notables del mundo, ¿cómo no va a quererlo en su casa un VIP que se precie? No importa que respetabilísimos críticos de arte como Robert Hughes califique la obra de Hirst de “mercancía absurda y hortera” o que afirme que Koons “probablemente no sería capaz de escribir bien sus iniciales en un árbol”. Al fin y al cabo, como le indicó a Thompson Brett Gorvy, director del departamento de arte contemporáneo de Christie’s, “esto es un negocio, no historia del arte”. (leer completo en El Pais)
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